Sonia Sotomayor, una jueza de carne y hueso

Abrazo de jueza. Sonia Sotomayor dio un abrazo apretado a Tabbie Major, una de las asistentes a la presentación del su libro My Beloved World, en la biblioteca central Harold Washinton de Chicago. ANTONIO PÉREZ-TRIBUNE

CHICAGO- El letrero colocado en la entrada principal de la biblioteca central Harold Washington no era muy alentador. “El evento de la jueza de la Corte Suprema, Sonia Sotomayor, está lleno. Pedimos disculpas por cualquier inconveniente”.

El 30 de enero, no todos subirían al noveno piso de la biblioteca donde se ubica el elegante Winter Garden Ballroom  a cuya capacidad de 500 personas se le sumaron 250 más que le tenían “ley” a Sotomayor.

Esas personas debían llevar un boleto amarillo que debías tener contigo todo el tiempo. Y era probable que no tuvieras un asiento.

Los “afortunados” 750   tendrían la oportunidad de escuchar la historia de Sotomayor, antes de ser la primera jueza hispana -puertorriqueña- en la historia de la Corte Suprema de EEUU.

Sonia vino a hacerse justicia por su propia mano. Justicia a su vida al  compartir su historia en su libro de memorias “My Beloved World” o en su versión al español, “Mi mundo adorado”.

El título está inspirado en una estrofa del poema “A Puerto Rico regreso”, de José Gautier Benítez (“Perdonadle al desterrado ese dulce frenesí; vuelo a mi mundo adorado, y yo estoy enamorado de la tierra en que nací”), e incluído en las primeras páginas del libro.

Jessica López, de 13 años y estudiante de la escuela San Pío de Pilsen esperaba la presentación de Sotomayor. La considera su modelo a seguir. “Vivió cosas tristes y para nosotros como latinos, es una inspiración”, dijo la estudiante.

A las 6:15 de la tarde, el silencio se apoderó de la sala. Señal inequívoca de que el evento estaba por comenzar. El alcalde de Chicago, Rahm Emanuel, hizo la introducción.

“No creo que ningún otro juez logre esto”, dijo en referencia a la asistencia. Porque para él, Sonia le ha dado “corazón” a la corte.

Tras la introducción de Emanuel, Sonia Sotomayor hace su entrada por lado izquierdo del escenario del Winter Garden Ballroom.

Camina despacio pero firme, como si los zapatos de estampado animal y tacón medio que calza, le dieran más fuerza. Una falda negra, saco morado, blusa blanca y medias negras opacas completaban su atuendo.

Poco maquillaje y algunos accesorios.

Sonia sonríe, de manera tímida, pero con aplomo y determinación, características que como cuenta en su libro, han sido las que le han ayudado a superar sus miedos.

En su mano izquierda sostiene una copia de su libro de memorias, “My Beloved World”; detrás de ella un oficial de US Marshals, le cuida las espaldas. Vendría simplemente como Sonia, pero había que proteger a la Jueza.

Una ovación de pie de parte de los asistentes, la recibe. “Les agradezco. Más no les podría agradecer, no tienen idea, estoy eternamente agradecida”, fue la primera frase que salió de su boca.

Sonia no se queda en el podio. Baja y camina entre el público, comparte que presentar su libro en una biblioteca pública le trajo recuerdos.

Eran las bibliotecas del barrio del Bronx de Nueva York, donde vivió su niñez, sus lugares especiales. Los libros le ayudaban a olvidar sus tristezas, eran su pase a otro mundo.

Si iba a escribir su historia, tenía que ser honesta. Hablar del proceso de escritura, de compartir lo que fue crecer con el  diagnóstico de diabetes juvenil, los recuerdos de su padre alcohólico, vivir en la pobreza y afrontar situaciones “poco cómodas”, los momentos felices y de aquellos que fueron sus modelos a seguir, su inspiración.

Algo que ahora, ella es para otros.

“Tuve una plática con la hija del alcalde, y me dijo que quería ser jueza de la Suprema Corte. Le dije que se apurara, porque quiero estar cuando eso suceda”, dijo la magistrada de 58 años.

Lo importante para Sonia no es un cargo, es la idea de “lograr un sueño” y disfrutar el proceso. No tener miedos, aprender, pedir ayuda cuando se necesita.

Luego de leer uno de los pasajes del libro donde narra sus aventuras de adolescente, vino una sesión de preguntas.

“No voy a hablar sin parar, voy a tomar sus preguntas antes de firmar libros y voy a saludar a todo el que me quiera decir ‘hola’”.

Comenzaría la sesión de preguntas del público pero no  para el que levantara la mano. Hubo un proceso anterior donde se seleccionaron a unos pocos. Ellos no leían sus preguntas, una persona encargada en la biblioteca lo hizo en su lugar.

Después de que se leía la pregunta, Sotomayor pedía que la persona que la hizo se identificara. Hacía contacto, les respondía de frente y  hasta abrazo les dio.

Entre ellos la niña Tabbie Major, de 7 años, quien le preguntó cuáles eran sus libros favoritos cuando tenía su misma edad. La jueza contó que las historietas de Nancy Drew.

Le preguntaron cuál era su platillo puertorriqueño favorito. “Las chuletas”, respondió, comentando que hasta la fecha, seguía llamándole a su mamá,  para pedirle la receta. “Pero estoy segura que en todos estos años mami no me ha dado la receta correcta, porque las mejores chuletas son las que cocina mami”.

Tras la sesión de preguntas comenzaría en total orden y vigilancia la firma de libros y saludos. Cada boleto amarillo tenía un número asignado que marcaba el orden en que tras la charla, podrías saludar a la jueza o pedirle que te autografiara su libro.

Conseguir una entrevista con la jueza antes de su presentación en la ciudad o durante su estadía, fue misión imposible. Los publicistas de la casa editorial Random House (y Vintage, para su versión en español), no respondieron ni uno de los correos ni llamadas.

Ni la afirmaban ni la negaban, sencillamente no te respondían.

Aproveché mi boleto amarillo con el número 205 para hablar con la jueza. En los breves momentos que la vi, me presenté y pregunté por qué no había concedido entrevista.

“Me tienen ahorcada, de un lado a otro”, respondió en español. “En otra ocasión, en otra ocasión”, dijo amablemente.

Eso espero.


El autor

Gisela Orozco es la editora de entretenimiento Vívelohoy

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