Aerosmith: amor rockero de multitudes (y de décadas)

Por en Música 12/6/12 9:58pm
Steven Tyler durante el espectacular evento (FOTO: SERGIO BURSTEIN)

A estas alturas, con cuatro décadas de carrera y una fanaticada mundial especialmente considerable, sería cuando menos irresponsable negar que Aerosmith tiene un status legendario, más allá de los gustos personales que puedan derivarse ciertamente de los temas pegajosos -y para muchos insufribles- con los que invadió las radioemisoras durante la década de los ’80.

Pero lo más interesante del memorable concierto del lunes pasado en el Staples Center de Los Angeles no fue comprobar que estos bostonianos siguen convocando a enormes multitudes y que éstas incluyen todavía a mujeres jóvenes y bellas (a fin de cuentas, eso es algo que pueden hacer muchos intérpretes plásticos), sino que, al menos en vivo, se muestran como una poderosa fuerza rockera que no le teme al volumen, a la potencia ni al paso del tiempo.

En ese sentido, lo primero digno de resaltarse es la falta de criterio que tuvo una buena parte del grupo en tiempos recientes para imaginar siquiera que podía reemplazar a su vocalista y seguir adelante como si nada hubiera pasado. Y es que si bien Steven Tyler no es todo en Aerosmith, se trata sin duda de su estrella máxima, tanto en lo que respecta a su desempeño físico en el escenario como a su destreza vocal.

Pueden haber varias razones para desconfiar de Tyler, empezando por su todavía fresco trabajo como juez de “American Idol”, un programa televisivo que para muchos es uno de los productos más complacientes y menos rockeros de los que se tengan noticia. Además, su afán por verse joven a toda costa y su aspecto glamoroso son capaces de generar antipatías. Pero lo cierto es que, a sus 64 años, el hombre se ve estupendamente en la tarima, y que se gana el pan (o los millones, para ser más precisos) con un esfuerzo que muchos jovencitos se negarían simplemente a hacer.

No lo hizo todo el tiempo, claro, porque le resultaba necesario calentar; pero no dejó de moverse nunca y, en un momento dado, efectuó una apabullante rutina de baile que lo mostró como una combinación perfecta de Mick Jagger e Iggy Pop, al menos en el plano de los movimientos. No pareció mostrar en ningún momento rezago alguno de la lesión que sufrió en 2010 como consecuencia de años y años de brincos continuos.

Con Tom Hamilton, bajista del conjunto (FOTO: SERGIO BURSTEIN)

Tampoco hay que olvidarse de su canto, por supuesto. No es necesario adorar su tono de voz para admirarse ante el modo casi impecable en que reprodujo todas las notas de sus canciones, incluso las más agudas y exigentes, mientras mantenía ciertas inflexiones del blues que revalidaron su posición de cantante esencial.

Pero, como ya dijimos, hay más en este grupo que él, empezando por Joe Perry, el emblemático guitarrista al que no le sienta demasiado bien el bigote que ahora lleva y que tardó mucho más en animarse, pero que terminó probando su importancia en la elaboración del sonido del grupo, aunque su increíble talento en los solos fue seguido de muy cerca por el de Brad Whitford (sí, Aerosmith tiene dos guitarristas, aunque pocos parezcan recordarlo).

Todos los músicos tuvieron un momento para destacar, algunas veces de manera natural -como en el caso de Tom Hamilton, que dio cuenta de su habilidad durante la conocida e intrincada introducción de bajo de “Sweet Emotions” -y otras de modo grandilocuente -como pasó con Joey Kramer, quien protagonizó un largo solo de batería que hubiera resultado innecesario de no haber sido concluido por un vistoso pasaje en el que se libró de las baquetas y aporreó los tambores a puño limpio-.

Siendo el grupo tan dado a lo visual y a los excesos escénicos (porque se supone que sus integrantes ya dejaron los vicios), no podía faltar un acto gratuito de celebridad, y éste se plasmó en la participación del actor Johnny Depp durante la interpretación de “Stop Messin’ Around” (un ‘cover’ de Fleetwood Mack) y “Come Together” (un ‘cover’ de los Beatles). Parece que el astro de la pantalla no es un mal músico, pero lo suyo sirvió mucho más para el ‘tuiteo’ respectivo que para apreciar sus dotes en esta disciplina, empezando por el hecho de que el solo de guitarra que ofreció durante el primer corte se perdió en la maraña de ruido.

Y es que el sonido no fue precisamente impecable, aunque preferimos esto a lo que hubiera sucedido de presentarse un nivel acústico demasiado artificioso y cuidado, porque eso sí que le hubiera arrebatado el sentido rocanrolero al asunto; un sentido que, pese a sus altibajos, se impuso clara y directamente desde el corte de apertura, “Toys in the Attic”, estrenado en 1975. Leer más