The Who: la revisión completa de un clásico

Roger Daltrey (adelante) y Pete Towshend, los pilares de la banda en el show de Anaheim (FOTO: SERGIO BURSTEIN)

Cualquiera que tenga un conocimiento mínimo de la impresionante trayectoria de The Who y de su reconocida capacidad para ofrecer algunas de las presentaciones más explosivas en la historia del rock sabrá que tener a estas eminencias de visita por donde uno vive es una oportunidad que no puede pasarse por alto.

Cuarenta y nueve años después de que se unieran por primera vez para hacer música, el guitarrista Pete Townshend y el vocalista Roger Daltrey (los únicos sobrevivientes de la formación original) no son evidentemente unos jovencitos; pero si el paso del tiempo es más claro en el primero, no resulta tan obvio en el caso del segundo, que pese a lucir como un auténtico veterano, se mantiene en estupendo estado creativo, instrumental y físico, lo que le permite todavía generar sorpresa y entusiasmo entre los que reciben el honor de verlo.

Eso es justamente lo que pasó ayer en la noche en el Honda Center de Anaheim, donde la banda (cuya formación actual incluye a Simon -hermano de Pete- en la segunda guitarra y a Zak Starkey -hijo del ex Beatle Ringo- en la batería) causó sensación en una audiencia cuyo promedio de edad era elevado, pero que dejaba también ver los rostros jóvenes y ya conocedores de fans recientes.

Claro que, si lo que se buscaba era tener una avalancha de hits desde el principio hasta el fin, ésta era la ocasión menos indicada, porque no hay que ser demasiado avispado para enterarse de que la actual gira se llama “Quadrophenia and more” y que, por lo tanto, cada una de sus fechas se encuentra dedicada a la interpretación completa del clásico álbum de 1973 –y, sólo después de eso, a la presentación de una suerte de compendio de los demás éxitos-.

Por ese lado, la mayor parte del show tuvo a los citados músicos (que se han visto sumados desde el 2002 por el bajista Pino Palladino) en compañía de dos tecladistas y una sección de vientos ocasional para reproducir del mejor modo posible la totalidad de una obra conceptual que, en su momento, alejó a The Who de la simpleza esencial del rock’n'roll de sus inicios y le sirvió para meterse con inesperada fortuna en terrenos más experimentales.

Simon Townshend, hermano de Pete, también estuvo en las guitarras. (FOTO: SERGIO BURSTEIN)

Si el disco doble puede desconcertar un tanto a quienes prefieren el sonido crudo y directo que tenía la agrupación a fines de los ’60, su interpretación en vivo demostró que, en medio de sus arranques progresivos y de su ambicioso subtexto, “Quadrophenia” es un trabajo lleno de matices que, así como le otorga a veces protagonismo a los teclados (“Doctor Jimmy”), a los metales (“5:15”) y a los parajes introspectivos (“Is It in My Head?”), es completamente capaz de imponer de pronto poderosos ramalazos guitarreros, liderados por los muy efectivos riffs del maestro Townshend en cortes como “The Real Me” y, por supuesto, el emblemático “Love, Reign O’er Me”.

Este hombre es no sólo el motor y el alma de The Who (ha compuesto todas las letras), sino también uno de los músicos de rock más notables que hayamos podido apreciar. Aunque sus mayores aportes históricos han ido por el lado rítmico, verlo en vivo permite notar a cada momento su capacidad para crear unos solos que, pese a su relativa escasez y brevedad, resultan originales y vibrantes.

No ocurre probablemente lo mismo con Daltrey, quien a pesar de tener sólo un año más que Townshend y de ostentar un aspecto bastante más juvenil (tiene todavía mucho pelo y no duda en abrirse la camisa para mostrar el pecho), se cansa mucho más rápido sobre el escenario y, por supuesto, exhibe una voz mucho más ronca que en el pasado, aunque el respeto por la verdad nos lleva a decir que Townshend mostró mucho menos destrezas vocales durante la recreación de los numerosos fragmentos vocales que le tocaron en “Quadrophenia”.

Pero cualquier seguidor de The Who sabe que las voces en el grupo no cumplieron nunca un papel tan deslumbrante como el que esperaba en agrupaciones posteriores de la talla de Led Zeppelin y Deep Purple, y que lo que más importaba aquí era la actitud, algo que los rockeros prodigaron con generosidad a lo largo de dos horas.

No los perjudicó, por supuesto, tener en la sección percusiva a Starkey, que tampoco es precisamente un jovencito (tiene 47 años y ha estado desde 1996 en el grupo), pero que toca con una potencia y una versatilidad extraordinarias, lo que le permite lidiar con sorpresiva fortuna las inevitables comparaciones con el legendario Keith Moon, que falleció en 1978 y cuyas imágenes se vieron repetidas veces en los distintivos monitores que formaban parte del diseño arquitectónico de la puesta en escena, usados también para transmitir material de archivo relacionado a hechos históricos trascendentes de las últimas cinco décadas.

El que sí pasó más desapercibido fue el bajista Palladino, reemplazante de otra eminencia, John Entwistle, quien murió en el 2002 en su ley (es decir, luego de pasar una noche pintada de blanco al lado de una stripper de Las Vegas). Bastó que las pantallas gigantes difundieran un espectacular solo efectuado por el desaparecido en sus últimos años de vida para que quedara en claro que esos zapatos (y esas cuerdas) son imposibles de llenar. Leer más

 


El autor

Sergio Burstein es contribuidor Vívelohoy

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