El de los 'dreamers', un sueño que se decide en las urnas

Nancy Landa emigró de México a EEUU cuando tenía 9 años. Hace tres meses fue deportada a México luego de que su caso fuera desechado por inmigración. AGENCIA REFORMA

Por Eileen Truax*

CIUDAD DE MÉXICO — Un martes como cualquier otro, Nancy Landa se arregló para ir al trabajo. Morena, de figura curvilínea, pelo obscuro y sonrisa linda, se vistió con pantalones negros, una camisa y zapatos de tacón no muy alto; el atuendo de una mujer profesional. Era el 2009 y a sus 29 años de edad, Nancy era la imagen del éxito. Se había graduado cinco años antes de Administración de Negocios y desde entonces había construido una carrera cada vez más sólida en organizaciones de servicio comunitario y en el sector público.

Nancy se aseguró de traer sus pertenencias en el bolso: billetera, tarjetas, el infaltable teléfono celular. Salió de su apartamento en la ciudad de Long Beach, California, con tiempo suficiente para llegar puntual al trabajo; subió al auto que había comprado hace unos meses y que aún estaba pagando, y cuando se dirigía hacia el freeway, desde un vehículo le ordenaron detenerse. No era un auto de la Policía ni de la Patrulla de Caminos, pero Nancy no se preocupó: detuvo el auto, bajó el vidrio y esperó a que se acercara un agente.

Lo que siguió es una sucesión de recuerdos borrosos. Tres agentes de inmigración le informaron que estaba detenida. La subieron al vehículo, una camioneta blanca sin identificación; su auto quedó ahí, mal estacionado a la orilla del camino. Dos horas más tarde Nancy estaba en un centro de detención del centro de Los Ángeles, y ocho horas después deportada en Tijuana: sin más ropa que la puesta, sin amigos, sin familia, sin pasado; sin nada más que su bolso con cuarenta dólares y un teléfono celular. Y así, en un martes como cualquier otro, la vida que Nancy había construido durante los últimos veinte años se esfumó.

La garita de San Ysidro es el cruce fronterizo más transitado del mundo. El punto que conecta a Tijuana con San Diego recibe cada año a más de treinta millones de personas que van de México hacia Estados Unidos, y también es el que recibe la mayor cantidad de deportados en el sentido opuesto. Los deportados son llevados en autobuses desde un centro de detención, con frecuencia en San Diego o en Los Ángeles, y los bajan en la línea junto a una puerta giratoria de barrotes horizontales de metal. Los barrotes giratorios pasan a través de otros barrotes fijos que sostienen la puerta, y al momento que se juntan asemejan unos dientes cerrándose y triturando a una presa imaginaria. Uno a uno los detenidos se meten en ese tiovivo metálico que hace un ruido como de matraca, “clac-clac-clac-clac”, uno, “clac-clac-clac-clac”, otro, “clac-clac-clac-clac”, otro más, y salen a territorio mexicano.

Uno de cada cinco de los 1.8 millones de mexicanos que las autoridades de inmigración estadounidenses han deportado a su país en los últimos diez años, ha regresado cruzando esa puerta de metal. Más de 350 mil personas que llegan a un sitio que la mayoría no conoce y en donde no hay un indicio de dónde pasar la noche, dónde hacer la siguiente comida, qué hacer ahora. Algunos son deportados unas horas después de haber cruzado, agarrados por la migra en pleno intento de llegar a una ciudad donde desaparecer; esos tal vez acaban de estar ahí y más o menos saben a dónde moverse. Otros, como Nancy, han pasado toda su vida en Estados Unidos; han crecido, estudiado, hecho amigos, iniciado una vida profesional y construido su futuro en este sitio, hasta que un buen día “regresan” a un lugar que les es desconocido.

La familia de Nancy migró a Estados Unidos cuando ella tenía 9 años y su hermano 7. Vivía en la colonia México 68 en Naucalpan, Estado de México, donde tuvieron una infancia de carestía: el padre se iba a trabajar por temporadas largas a California para enviar dinero, pero cuando regresaba a trabajar en México no le alcanzaba para nada. Un día decidió que ya no volvía; la madre entonces anunció que se iban todos. Era abril de 1990.

Me recuerdo a mí misma, una niña, muy enojada con mi mamá. Me acuerdo que le dije que me estaba quitando todo lo que yo conocía porque no iba a volver a ver a mis amigas -me contó Nancy dando un trago a su café americano.

Nos reunimos un domingo en Tijuana, en donde, deportación es destino, vive ahora. De presencia tranquila, relajada, Nancy relata pasajes de su vida con una mezcla de ensueño y resignación. Hace tres años cruzó la puerta metálica y no se ha movido a otro lado. Aquí se siente cómoda, me dice. Siente que la gente entiende a quienes, como ella, hablan spanglish, no tienen pasado en México y tienen que rehacer su vida. La mitad de quienes viven en Tijuana son de cualquier lugar excepto de Tijuana; ella se ha convertido en una más.

Nancy es una de los más de millón y medio de “dreamers”, jóvenes que fueron llevados a Estados Unidos por sus padres siendo menores de edad. Ahí pasaron su infancia y adolescencia, es ahí donde han hecho su vida y construido su identidad: hablan inglés, fueron a escuelas estadounidenses, cantan su himno nacional. Muchos llegaron a los pocos meses de haber nacido y no conocen otro sitio que el que los ha visto crecer.

Era agosto del 2001 cuando el senador demócrata Dick Durbin presentó una iniciativa que en los años posteriores sería conocida como DREAM Act. La palabra DREAM, sueño, es la sigla de su nombre completo, Development, Releif and Education for Alien Minors (DREAM) Act. Esta propuesta legislativa busca solucionar la situación de estos jóvenes bajo ciertos requisitos como haber llegado antes de los quince años y completar dos años de educación superior o de servicio en las Fuerzas Armadas, entre otros. La iniciativa ha sido presentada una y otra vez a lo largo de once años sin lograr el consenso necesario para su aprobación.

Todos los niños que viven en Estados Unidos tienen acceso a los primeros 12 años de educación gratuita gracias a la resolución de la Corte conocida como el caso Plyler, que establece que los menores no son responsables de su estatus migratorio debido a que su ingreso ilegal al país se debió a una decisión tomada por alguien más. Pero una vez que finalizan la preparatoria, la ley no resuelve su situación legal ni establece apoyos financieros para la educación superior. Esta laguna legislativa afecta a más de 700 mil jóvenes inmigrantes indocumentados mayores de 18 años, y a otros 900 mil menores que se encontrarán en un limbo legal una vez que lleguen a la mayoría de edad. Esa es la situación que busca solucionar el DREAM Act, la que ha convertido a este ejército de chicos en dreamers, una generación de soñadores.

La única vez que Nancy estuvo en Tijuana antes de ser deportada fue cuando ella y su familia iban hacia el otro lado, 20 años atrás. Recuerda vagamente un cuarto de hotel y que a las tres de la mañana la despertaron para cruzar por la playa. Que les tomó toda la noche cruzar corriendo, que llegaron al otro lado y ahí estaba su papá. Y nada más.

La familia vivió desde entonces en la zona metropolitana de Los Ángeles. A pesar de no hablar inglés, los niños Landa se adaptaron y empezaron a ir a clases de manera regular, a construir su vida. Nancy entró a la universidad y se graduó con honores mientras sus padres trataban de resolver su situación legal. Engañados por un notario sin escrúpulos, hicieron una solicitud de asilo, una condición que sólo se da en caso de riesgo extremo para la vida del solicitante, y esto les permitió obtener un permiso de trabajo temporal. Nancy obtuvo el empleo que deseaba y una licencia de conducir, pero en 2008 supo que el caso había sido denegado, su permiso de trabajo no sería renovado, y el estatus migratorio de la familia no sólo volvía a ser irregular, sino que quedaba en evidencia ante las autoridades de inmigración. La deportación podría venir en cualquier momento.

Mi única esperanza era que se aprobara el DREAM Act, o que Obama anunciara alguna otra medida, pero no. Inmigración llegó primero.

Durante su campaña por la Presidencia en 2008, Barack Obama hizo público su apoyo incondicional al DREAM Act y se comprometió a cabildear su aprobación con el Congreso. Dos años después, en diciembre de 2010, su incapacidad para cumplir el compromiso recibió un número: cinco. El Senado se quedó a cinco votos de aprobar la ley, que ya había pasado en la Cámara Baja, y una ola de desesperanza arrasó con los sueños de estos chicos.

Gil Cedillo es asambleísta de California y un ícono tanto entre la comunidad chicana como entre los inmigrantes. Cuando Obama anunció su candidatura, fue de los primeros políticos latinos en apoyarlo e hizo campaña por él en varios estados. Moreno, de estatura mediana y figura erguida, con ojeras permanentes y una sobresaliente barba partida, Cedillo asegura que lo hizo porque veía cercana la posibilidad de que se aprobara una reforma migratoria, pero esto no sólo no ocurrió, sino que Obama terminó convertido en el “deporter in chief”, una frase que usan los latinos para describir la política de deportaciones del Presidente, parodiando el término “commander in chief”. En sus primeros tres años y medio la administración Obama deportó a casi un millón y medio de inmigrantes indocumentados; entre ellos a Nancy Landa.

Obama me dijo personalmente que habría una reforma y en lugar de eso deportó a más gente que nadie antes. Tengo tanto derecho a estar decepcionado como cualquier otro inmigrante lo tiene -me dijo Cedillo en la salita de su oficina mientras conversábamos sobre el gobierno por venir. Se acercó un poco a mí y adoptó un tono confidencial: -Mira, yo he tenido mucha suerte debido a que, por el apoyo temprano que le di, me han invitado a reuniones y fiestas privadas con el Presidente. He usado esas oportunidades para recordarle su promesa y decirle que esto no es por lo que hicimos campaña, que no es de lo que hablamos, que debe detenerlo. Tal vez por eso ahora ya no me invitan tan seguido. La última vez me dijo que estaba trabajando en ello, que lo que ha hecho es lo mejor que se puede hacer, que la oposición. Ninguna de esas respuestas es adecuada.

El 15 de junio de 2012, Obama anunció a través de la secretaria de Seguridad Interna, Janet Napolitano, una alternativa de alivio temporal, conocida como Acción Diferida, que bajo requisitos similares a los de DREAM Act otorga a estos jóvenes un número de Seguro Social y un permiso de trabajo con vigencia de dos años. La premisa del Ejecutivo es que esto “blinda” a los chicos mientras se logra la reelección este 6 de noviembre y da tiempo al Presidente para negociar con el nuevo Congreso la aprobación del DREAM Act. Cedillo considera que la Acción Diferida es un paso adelante, y que es un mensaje que Obama envía a la comunidad para que ésta sepa que no olvida su compromiso.

Por lo pronto necesitábamos algo que nos diera fuerza para seguir. Necesitábamos una victoria, porque para los estudiantes la derrota del DREAM Act en 2010 fue muy fuerte. Son tan jóvenes y tan llenos de esperanza que no han experimentado las derrotas. La gente necesita esperanza y no puedes tenerla si sólo pierdes.

Nancy sabe de eso. En el autobús rumbo a Tijuana su angustia empezó a crecer. En ningún momento pensó que eran sus últimas horas en Estados Unidos, que se estaba separando de todo lo que conocía. Su preocupación era qué iba a hacer al llegar. ¿Con quién comunicarse? Estaba oscureciendo. ¿Dónde quedarse esa noche? ¿Era peligrosa Tijuana? Al llegar a San Ysidro cruzó la puerta giratoria de metal con su bolso de mano y nada más, clac-clac-clac. Un paso la separó del mundo como lo conocía. Bienvenidos a México.

El 15 de junio de 2012 Nancy se enteró por las noticias y por los mensajes de sus amigos: Barack Obama anunciaba el programa de Acción Diferida para beneficiar temporalmente a dreamers menores de 30 años; el anuncio se realizaba, convenientemente, cuando la campaña presidencial se acercaba a su apogeo. Pero la noticia llegaba tres años tarde para los Landa; a su hermano y a sus padres los deportaron un mes después que a ella.

Pasados dos días en los que estuvo en shock, Nancy decidió enviar una carta al Presidente. En ella le dijo que se sentía conmovida al saber del anuncio, pero “al mismo tiempo ha sido difícil aceptar que esta reforma llega casi tres años tarde para mi hermano y para mí, quienes de otra manera habríamos sido beneficiarios. En lugar de ello, fuimos deportados a los 27 y 29 años respectivamente”. Tras contarle a Obama su historia, su graduación de la escuela con honores, sus horas de trabajo voluntario incluso en la propia campaña presidencial de 2008, Nancy finaliza dando voz al reclamo de toda una comunidad: “la realidad es que durante su administración la deportación de inmigrantes indocumentados no criminales se ha incrementado y ha contribuido a más separaciones familiares que durante los ocho años de gobierno de George W. Bush. El fracaso en una toma de acción a tiempo ha impactado irreversiblemente las vidas de cientos de inmigrantes que son echados de Estados Unidos a diario. Mi familia y yo nos encontramos entre ellos”.

A pesar de que el asunto de las deportaciones y la promesa incumplida de Obama en materia de reforma migratoria es una herida que supura, no ha sido suficiente para matar la lealtad del voto latino hacia el Presidente. La encuesta más reciente realizada por Impremedia/Latino Decisions indica que más del 73 por ciento de las preferencias en este grupo sigue con Obama. No se trata del idealismo ilusionado de hace cuatro años, sino de una decisión pragmática: sólo la mitad piensa que puede haber avances en política migratoria en un segundo periodo y casi 40 por ciento piensa que no habrá ninguna diferencia; sin embargo más de la mitad cree que las condiciones empeorarían si el republicano Mitt Romney llegara al gobierno.

Entre los dreamers una preocupación más se suma a esta ecuación: para quienes han llenado su solicitud de Acción Diferida la llegada de Obama implica la posibilidad de renovar esta medida en caso de que no se apruebe un DREAM Act. El triunfo de Romney, por el contrario, los pone en una situación vulnerable: las autoridades de inmigración ya tienen sus datos, saben que son indocumentados, y Romney se ha manifestado en abierta oposición al DREAM Act. Si no se trata de elegir al mejor, por lo menos hay que buscar que gane el menos malo; desde hace varias semanas grupitos de dreamers recorren el país pidiendo a quienes sí pueden votar, que lo hagan pensando en ellos.

En agosto, unos días antes de su cumpleaños, Nancy recibió una respuesta a su carta en papel membretado de la Casa Blanca y con la firma de Barack Obama. El texto corresponde claramente a un mensaje predeterminado para cierto tipo de correspondencia. En ningún momento hace alusión a algún detalle particular en la carta de Nancy. Al final, hablando de la política de deportación del gobierno, lanza inadvertidamente una bofetada a la joven: “mi administración continuará enfocando nuestros recursos para aplicar la ley en aquellos individuos de alta prioridad, incluidos aquellos que representan una preocupación para la seguridad nacional o el bienestar público”.

Aunque ya pasaron dos meses, el rostro de Nancy se tensa y su mirada se llena de rabia contenida cuando hablamos de la carta.

Todavía estoy muy enojada. Es mi país pero me sacaron, eso me sigue doliendo mucho. Por eso decidí escribirle, pero no sólo por mí, sino por la gente que me rodea, por las historias que oigo todos los días. Me da gusto por los que van a ser beneficiados, ¿y los ex dreamers? ¿Cómo estamos fuera del país, quién se acuerda de nosotros, de los obstáculos que estamos librando para sobrevivir? Entonces le mandé la carta y me enviaron una respuesta típica de político con esa parte al final donde dice que se están enfocando en quienes representan una amenaza para la seguridad del país. ¿Me da esa respuesta a mí? ¿Entonces yo soy una criminal de alta prioridad? No leyeron mi carta, mandaron un texto que ya tenían listo. Lo irónico es que se la manden a una persona deportada. Eso dice mucho de su gobierno.

*La autora es periodista, cronista, chilanga y migrante; vive en Los Ángeles. “Dreamers”, su primer libro, será publicado en 2013.

www.eileentruax.info

Twitter: @EileenTruax

En

EEUU, Noticias

Temas en este artículo

Dreamers, frontera, Obama, reforma migratoria

El autor

Agencia Reforma es contribuidor Vívelohoy

Deja un comentario

Nos encantará conocer tu opinión, pero debemos indicarte que los comentarios están moderados, y no aparecerán inmediatamente en la página. Evita, por favor, las descalificaciones personales, comentarios maleducados, o calificativos insultantes de cualquier tipo, sean dirigidos a los autores, o a otro comentarista.