¿Podrá superar Obama la ‘maldición del segundo mandato’?

Por en EEUU 11/12/12 11:24am

 

El presidente Barack Obama, quien el 6 de noviembre fue reelecto, durante una conferencia e prensa la semana pasada en la Casa Blanca DOUG MILLS | NYT

Por Adam Clymer

WASHINGTON D.C. - Ahora que el presidente Barack Obama superó a Mitt Romney, los súper PAC’s y una lenta economía, enfrenta un desafío con profundas raíces en la historia política: lo que historiadores y comentaristas conocen como “la maldición del segundo mandato”.

Casi es una perogrullada que los segundos periodos son menos exitosos que los primeros, particularmente en el ámbito nacional. Franklin Delano Roosevelt perdió el control sobre el Congreso con su plan de 1937 para llenar a la Suprema Corte con su gente. Ronald Reagan enfrentó el escándalo Irán-contra de 1986. Bill Clinton fue desaforado en 1998. Richard Nixon renunció para evitar esa suerte en 1974.

Incluso George Washington tuvo a iracundas turbas rodeando su casa en Filadelfia para denunciarlo por el Tratado Jay con Gran Bretaña, que lidiaba con las consecuencias de la Guerra Revolucionaria; ellos querían que él se pusiera del lado de Francia. Pero, a pesar de estos y otros fracasos, la mayoría de los presidentes con  segundos mandatos también tienen logros de los cuales sentirse orgullosos, aunque quizá opacados por un tinte de fracaso.

Stephen Hess, académico en la Brookings Institution y veterano de las administraciones Eisenhower, Nixon, Ford y Carter, dijo que había varias explicaciones para la maldición del segundo periodo presidencial.

Una es que los presidentes intentan impulsar sus mejores ideas cuando acaban de asumir la presidencia, lo cual los deja a menudo sin “toda una serie de ideas” para el segundo.

Los presidentes también eligen a los mejores integrantes para su gabinete cuando acaban de asumir el cargo. Cuando la olla de presión de Washington o mejores empleos se llevan esas primeras decisiones, sus sucesores a menudo no son sus iguales.

Roosevelt pudiera haber tenido el segundo mandato más maldito. El biógrafo Jean Edward Smith lo calificó de “un desastre”. Tras la muerte de Louis Howe en 1936, su asesor más cercano durante años, él no tenía a nadie que le dijera lo mala idea que era el plan de rellenar la corte. Eso dividió a su partido.

Demócratas conservadores lo abandonaron y se aliaron  con republicanos para negarle casi toda legislación doméstica. Y si bien eso lastimó a Roosevelt políticamente —Smith dijo que “se dio un tiro en el pie”— él siguió con una decisión incluso peor, cortando presupuesto federal en la creencia que la Depresión ya estaba superada. Esto produjo una profunda recesión. Con esa decisión, escribió Smith, Roosevelt “le disparó al país en el pie”.

Una victoria avasalladora a menudo puede dar origen a la arrogancia del segundo periodo, convenciendo a un presidente de que el país piensa que él no puede hacer nada mal. Como observó Lou Cannon, el biógrafo de Reagan y reportero de la Casa Blanca por el Washington Post: “Las victorias arrolladoras son peligrosas paras el victorioso”. Roosevelt perdió sólo dos estados en 1936; Nixon solo perdió Massachusetts y el Distrito de Columbia en 1972.

Reagan perdió solamente un estado en 1984, en tanto los dos años siguientes fueron “los menos exitosos de los 16 años de Reagan en cargos públicos”, incluidos sus años como gobernador de California, dijo Cannon. Incluso una estrecha victoria puede crear confianza excesiva. En 2004, George W. Bush ganó 50.7 por ciento del voto, que no fue ningún triunfo arrollador (incluso comparado con su 48.3 por ciento del voto cuatro años antes). Sin embargo, trató la victoria como un descomunal mandato y se lanzó adelante con un plan enfocado a privatizar el Seguro Social en 2005, como había prometido durante su campaña por la reelección.

Sin embargo, el plan del Seguro Social no fue a ninguna parte. Los republicanos se encogieron, y los demócratas, impacientes, se unieron en oposición. Los presidentes de dos mandatos también son figuras sin poder, defendiéndose de ambiciosos aspirantes a sucederlos en la oposición y en su propio partido. Dwight Eisenhower a menudo se quejaba de la recientemente promulgada Enmienda 22, que limita a los presidentes a dos periodos. Sin embargo, presidentes anteriores enfrentaron el mismo problema, debido a que la tradición de vuelta en tiempos de George Washington había establecido el mismo límite de mandatos, hasta que Roosevelt se postuló para su tercer mandato.

¿Pero, están malditos invariablemente los segundos periodos?

Richard Norton Smith, académico presidencial en la Universidad George Mason, argumenta a favor de un enfoque más matizado para medirlos.

Eisenhower, quien ganó la reelección con facilidad, es su principal ejemplo. Carecía de nuevas ideas y perdió a funcionarios clave del gabinete y su jefe del estado mayor, Sherman Adams. Fue avergonzado cuando un avión espía U-2 fue derribado sobre la Unión Soviética en 1960 y Nikita Jruschov, en respuesta, evitó una reunión cumbre en París.

Sin embargo, Eisenhower envió tropas a Little Rock en 1957 para impedir que el Gobernador de Arkansas, Orval Faubus, frustrara la desegregación de escuelas ordenada por la corte. Además, su mensaje de despedida de 1961 advertía clásicamente: “Debemos cuidarnos de adquirir influencia inmerecida, ya sea buscada o no, por el complejo industrial militar”. Un aspecto de mayor importancia es que Eisenhower mantuvo el paso con la Unión Soviética, logro difícilmente predecible en los años 50.

Para Clinton, ahí estuvo el primer presupuesto balanceado en décadas, logrado en 1997 porque los republicanos querían un logro que ellos, de igual forma, pudieran reclamar. Además, Clinton se ganó el respeto internacional por obligar a los serbios a detener una campaña genocida en Kosovo sin poner tropas de la OTAN en el territorio. Sin embargo, el desafuero fue una grave cicatriz, no sólo para él sino también para sus acusadores. Meses de debate con respecto al tema condujeron a progresos de los demócratas en la Cámara Baja en las elecciones intermedias de 1998.

Roosevelt logró poco en el ámbito nacional en su segundo mandato, más allá de los nombramientos de magistrados de la Suprema Corte que moldearon la ley durante muchos años. Con todo, su oratoria y astucia movieron a una nación aislacionista y al Congreso a ponerse del lado de Gran Bretaña y Francia en contra de Alemania. Además, él empezó a reconstruir las fuerzas armadas del país conforme la II Guerra Mundial se materializaba en el horizonte. De igual forma, tomó una brillante decisión personal, pasando de largo a altos generales para elevar al General George C. Marshall al puesto de jefe del estado mayor del ejército.

Bush no logró alcanzar muchos objetivos legislativos: privatización del Seguro Social, liberalización de la inmigración y reorganización del código fiscal. Sin embargo, sí ganó un vasto aumento al gasto dedicado al tratamiento y prevención del SIDA en África y una modesta medida de estímulo en 2008. Asimismo, su logro más sustancial fue el Programa de Alivio de Activos en Aprietos, programa de 700,000 millones de dólares para el rescate de bancos atrapados en el caos de las hipotecas ‘subprime’.

Nixon logró poco en el ámbito interno en su acortado segundo mandato. Pero, tras la firma de los Acuerdos de Paz de París justo después de su segunda toma de posesión en 1973, las tropas estadounidenses fueron retiradas de Vietnam y los prisioneros de guerra fueron liberados. En Oriente Medio, la diplomacia de idas y venidas del Secretario de Estado Henry Kissinger puso fin a la guerra árabe-israelí en ese otoño. Nixon también creía que el papel de Estados Unidos en el derrocamiento del presidente Salvador Allende de Chile era una señal de éxito, aunque actualmente parece un grave error.

Para Reagan, las complicaciones de su segundo mandato fueron compensadas por la ley fiscal de 1986, misma que cerró vacíos y usó los ahorros para reducir tasas fiscales, así como sus acuerdos sobre control de armas con Mijaíl S. Gorbachov de la Unión Soviética. Los presidentes no pueden controlar todo en sus segundos mandatos, y Obama tiene pocos obstáculos que le son propios. El presidente y el Congreso deben estar dispuestos a trabajar juntos, lo cual pudiera ser difícil de lograr en un Washington profundamente partidista en los próximos cuatro años. Y al igual que otros presidentes modernos, Obama debe manejar a medios de comunicación “mordaces”, dijo Smith, el académico de la Universidad George Mason, que miran de manera fulminante al presidente, magnificando cualquier cosa que parezca éxito o, en particular, fracaso.