México, de la dictadura perfecta a la caricatura perfecta

Por en Mundo 11/27/12 12:37pm
En enero de 2007, un año después de asumir el poder, el presidente Felipe Calderón visita a la tropa en Apatzingán en las primeras semanas de la guerra contra el narco. La chaqueta militar que lució le quedó grande. REFORMA

Por Juan Villoro

CIUDAD DE MÉXICO — Un graffiti resume la decepción provocada por los gobiernos del PAN: “¡Que se vayan los ineptos y que vuelvan los corruptos!”. Durante 71 años el PRI negó la democracia. Sus prácticas fueron del control corporativo de los sindicatos al fraude cibernético, pasando por la gastronomía política (la “operación tamal”) y las trampas de feria (el “ratón loco” y la “casilla zapato”). Sin embargo, 12 años bastaron para que el antihéroe fuera extrañado.

¡Bienvenidos a la República de las Paradojas, el País de Siempre Jamás! El partido “oficial” se apropió de los colores de la bandera y convirtió la lucha de clases en un trámite burocrático, la “revolución institucional”. Sus propuestas se ajustaron a las conveniencias; por turnos, fue nacionalista, estatista, privatizador o populista. Pero el buffet de ideologías no se detuvo ahí: Carlos Salinas de Gortari inventó el “liberalismo social”. Más que un partido, el PRI ha sido una oficina de oportunidades.

Durante 71 años, México se salvó de la dictadura al elevado precio de no tener una democracia auténtica. Nuestra política fue un hipódromo de apuestas aseguradas: el mismo caballo ganaba todas las carreras. Con puntería, Mario Vargas Llosa definió a este peculiar sistema como “la dictadura perfecta”. Un autoritarismo que, oficialmente, no era tal. Como la hamburguesa vegetariana, el PRI prometía algo contrario a su esencia. En nombre de la justicia social, creó un país de pobres, una élite de supermillonarios y una casta que confundió lo público y lo privado y transformó la corrupción en el atajo elemental al éxito.

Pero nadie puede predecir la historia de un país con chiles que pican de cien modos distintos. En 2012 el PRI ya era un mal añorado. “¡Ellos sí sabían robar!”, dijeron los testigos de la corrupción panista, nostálgicos de la habilidad priista para dirimir conflictos (o convertirlos en otros menos urgentes).

El partido tricolor alternó los abusos con los favores; fue, según la indeleble definición de Octavio Paz, un “ogro filantrópico”. En 2000 esa criatura parecía digna de taxidermia en el pabellón de las especies antediluvianas. Un carismático ranchero, ex gerente de la Coca-Cola, se subió a un templete, pateó un ataúd con el escudo del PRI y ofreció erradicar las alimañas que comían el presupuesto. Gracias a Vicente Fox, un pueblo entusiasta aprendió el nombre popular de ciertos bichos: México exterminaría “tepocatas” y “víboras prietas”.

Uno de los más grandes desafíos de la política consiste en preservar las expectativas después de una elección. Hay dos formas de lograrlo: cumpliendo promesas o creando nuevas expectativas. La primera es más útil pero más incómoda; la segunda requiere de un magnífico desempeño teatral.

Fox no logró lo uno ni lo otro. Llegó en una posición inmejorable para promover el cambio. Gozaba de consenso y se rodeó de significativos colaboradores de la sociedad civil, como José Sarukhán, Adolfo Aguilar Zinser y Jorge G. Castañeda. Pero el ímpetu con que prometió resolver el problema de Chiapas en 15 minutos se disolvió cuando supo que gobernar exige laboriosas negociaciones. El candidato que había lucido fotogénico a bordo de cualquier vehículo (de un triciclo a un cebú), se transformó en el mandatario de mirada perdida que añoraba los caminos de Guanajuato. Fox optó por ser una figura decorativa, como la Reina de Inglaterra, sólo que con sombreros rústicos, y contrató a Rubén Aguilar, ventrílocuo que procuró darle coherencia a sus dislates.

De cualquier forma, nada impidió que se metiera en apuros. A Fidel Castro le dijo una frase ideal para decorar marisquerías (“comes y te vas”),”elogió” a las mujeres por ser “lavadoras con patas”, dijo que los chicanos eran explotados como “viles chinos” y aceptaban trabajos que ni siquiera hacían los negros. Si sumamos a las mujeres, los chinos y los negros resulta que el presidente de México ofendió a la mayoría de los pobladores de la Tierra.

La activa política con Estados Unidos (conocida como un platillo tex-mex, “the whole enchilada”) fracasó después del 11 de septiembre de 2001. Si se descuenta la Ley de Transparencia y la gestión de Julio Frenk al frente de la Secretaría de Salud, los logros del “gobierno del cambio” fueron mínimos. En ocasiones, hubo un serio retroceso. Fox atentó contra la división entre la Iglesia y el Estado al despedir sus actos con la frase “que Dios los bendiga” y al nombrar como secretario del Trabajo, y posteriormente de Gobernación, a Carlos Abascal.

En un acto sin precedentes, este tardío representante del sinarquismo asistió a la beatificación colectiva de mártires cristeros en el estadio Jalisco. Su última actividad pública fue recibir el doctorado honoris causa de la Universidad Anáhuac, gesto congruente con su fe, pues estuvo más cerca de la Legión de Cristo que del Estado laico.

Nunca un Presidente se aburrió tanto como Fox. La campaña que lo llevó de pueblo en pueblo para “sacar al buey de la barranca” desembocó en las oficinas donde no quería estar. El recio usuario de botas de piel de avestruz, se sintió como un jinete sin caballo. Lejos, muy lejos quedaban los entretenidos días de estar en contra. Gobernar era un tedio en el que, para colmo, había que darle la razón a los demás.

Fox se alejó de sí mismo, entró en un nirvana extraño, como si desayunara tamal de ansiolíticos, y se fundió en un binomio con su esposa (se habló más de “la pareja presidencial” que del primer ciudadano de México). Quiso que Santiago Creel lo sucediera, pero no tuvo recursos políticos para lograrlo. Inició el proceso de desafuero contra López Obrador y así le otorgó fuerza. Dejó el país con alivio y lanzó una profecía: “Me van a extrañar”.

Asombrosamente, tenía razón.

 

De Bota Grande a Pie Pequeño

En 2006 Felipe Calderón Hinojosa asumió la Presidencia por la puerta trasera, sirviéndose de una estrategia de asalto bancario. El Congreso era en ese momento un circo donde los diputados impugnaban la contienda electoral y lanzaban botellitas de agua.

Si Fox se presentó como adalid del cambio, Calderón lo hizo como “presidente del empleo” y enemigo del caos (representado en su personal cosmogonía por López Obrador). Después de un dignatario que había nadado de muertito, llegaba un tritón hiperactivo, dispuesto a separar las procelosas aguas de la política como un Moisés del Deportivo Bahía.

A los 11 días de asumir el cargo, sorprendió con una iniciativa. Nunca sabremos lo que pensó en ese breve lapso. Era impugnado y necesitaba respaldo. Nadie sospechaba que lo encontraría en las armas. En vísperas de su último informe de gobierno dijo que al llegar a su oficina “encontró” un grave problema. ¿Las tepocatas capturadas por Vicente Fox? Nada de eso (la fauna denunciada como una plaga durante campaña se convirtió en una especie extinta al llegar al poder); lo que Calderón “descubrió” fue que el narcotráfico existía y había ganado posiciones. No usó los largos meses de campaña para analizar una lacra que había atravesado todo el siglo XX ni para crear un consenso sobre la manera de enfrentarla. En su día 11, el “presidente del empleo” anunció el “operativo conjunto Michoacán” y 20 días después se puso una camisa verde olivo que le quedaba grande. Al modo de un invitado especial a Fashion Emergency, transformó el uniforme en investidura. Conocemos el resultado: cerca de 80,000 muertos en seis años, casi 30,000 desaparecidos y un número de víctimas que aumentará con el descubrimiento de narcofosas.

¿Acabó esto con el narcotráfico? Por supuesto que no. El Chapo Guzmán se encumbró como uno de los hombres más ricos del mundo y el consumo de droga no disminuyó, beneficiando a los intermediarios.

Incapaz de trabajar en equipo y delegar responsabilidades, Calderón no involucró a sectores de la sociedad civil. Fue sectario incluso con su propio partido. Su campaña de autobombo excedió los presupuestos de Canal 11 y Canal 22, y confirmó su concepción personalista del poder. En sus spots no se menciona a la “Presidencia” o al “Gobierno de México”, sino al “Gobierno del Presidente de la República”. No nos guía un sistema político, nos guía una persona.

En su personal versión de Jefe Máximo, quiso actuar y lo hizo. Sin embargo, al enfrentar el narcotráfico como un problema exclusivamente bélico demostró que toda bala es una bala perdida. El candidato que prometía evitar el caos dejó un país sembrado de cadáveres. No dio órdenes de disparar contra la población, pero durante seis años ser mexicano se convirtió en un posible “daño colateral”.

El narcotráfico no es sólo un problema de seguridad nacional, sino también lo es de salud pública. Resolverlo, obliga a superar obstáculos financieros, laborales, de legislación sobre las drogas, diplomáticos y educativos que no se han tocado. Todo eso quedó al margen.

La política de seguridad fue tan fallida que dos secretarios de Gobernación carecieron de las condiciones básicas para ejercerla y murieron en trágicos avionazos. La Secretaría de Seguridad Pública quedó en manos de Genaro García Luna, responsable del montaje televisivo que llevó a la cárcel a Florence Cassez y metió a México en una disputa con Francia.

En su innecesario afán de realzar su fuerza enfrentado a “pesos completos”, Calderón subió al ring contra Nicolas Sarkozy y contra Carlos Pascual, embajador de Estados Unidos en México. Aparte de estos altercados, la diplomacia tuvo la consistencia de un bloqueador solar. Cuando la Gripe A y las noticias de la violencia hicieron que la ocupación bajara en los hoteles, Calderón culpó a los ciudadanos que “hablan mal de México”. En su opinión, la mala fama no proviene de los decapitados sino de los alarmistas que los mencionan.

A medida que aumentaba el descrédito del presidente corrieron rumores sobre su alcoholismo. Por una vez defiendo al michoacano. Eso carece de relevancia pública. Estamos ante un mandatario pendiente de cada acto de gobierno, que no cometió desfiguros en cenas oficiales ni rodó por las escaleras de un palacio. Se equivocó sobrio. Si en privado se relajó con una copa de más, es asunto suyo.

Un monumento resume su paso por el poder: la Estela de Luz, premiada en un concurso para ¡un arco! Este despropósito costó mucho más de lo previsto, fue botín de la corrupción y se inauguró más de un año después del Bicentenario. Integrada por materiales de Italia, Estados Unidos y Brasil, la Estela reveló que México sólo podía aportar el agujero, símbolo de una fosa.

De manera implícita, toda elección es un plebiscito sobre el presidente saliente. En 2012 el PAN se convirtió en la tercera fuerza del país. Cuando ya daba por perdida la contienda, Josefina Vázquez Mota prometió poner a Calderón al frente de la PGR, irónica manera de subrayar la auténtica vocación del mandatario.

Fox fue un aficionado a la política que descubrió un hobby que no le gustaba: ser presidente de México. Calderón es un político profesional que entendió la necesidad de una reforma del Estado, con segunda vuelta y reelección de miembros del Congreso (tal y como lo declaró a El País poco después de su elección), pero no honró sus convicciones.

“Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de conversación”, dijo James Joyce. Calderón cambió el tema de nuestras conversaciones a un precio intolerable. La guerra contra el narcotráfico relegó a segundo plano todo lo demás, comenzando por la cuestionada elección de 2006.

En medio de la tormenta, José Ángel Córdova Villalobos destacó en la Secretaría de Salud (que no en la de Educación), Consuelo Sáizar dio un impulso a la cultura difícil de esperar de un gobierno panista y Margarita Zavala otorgó dignidad al rol de Primera Dama. Una escena la distingue: en Ciudad Juárez, Luz María Dávila, madre de dos estudiantes asesinados, increpó al Presidente, que los había llamado “pandilleros”. Calderón no estaba ante la abstracción de ordenar ataques, sino ante la justificada indignación de una madre. Su respuesta fue el silencio. Margarita Zavala bajó del estrado y abrazó a la mujer. El gesto no cambia la realidad, pero muestra respeto por las víctimas.

Será difícil que Calderón despierte una empatía semejante al dejar el cargo. Ha hecho todo lo posible para continuar su vida en un país que no sea México, donde demasiadas tumbas se acuerdan de él.

El ‘gel en sí’ y los cachorros de dinosaurio

El PRI no tuvo que hacer autocrítica para regresar al poder. La caída del PAN fue tan pronunciada que el oprobio de antes se volvió deseable. “¡Estábamos mejor contra el PRI!”, exclamaron los convencidos de que la única solución consiste en mejorar de enemigo.

En 2012, un candidato de Playmobil ganó la Presidencia. No hacía falta una personalidad excepcional: “¡Que Heidegger se preocupe por el ‘ser en sí'; nosotros ganamos por un copete!”, podría decir el nuevo coordinador de asesores. La fotogenia de Peña Nieto y su ostentoso despliegue televisivo resolvieron una trama en la que ningún argumento podía superar a la nostalgia del viejo orden.

En 2000, Vicente Fox pidió el voto útil para sacar al PRI de Los Pinos. En 2012, lo pidió para que pudiera regresar. La alternancia fue un homenaje a la banda de Moebius, donde viajar a otro lado significa ir al mismo sitio.

Una broma resume la situación: el 1 de diciembre de 2012 tendremos que retroceder nuestros relojes 71 años.

Comienza el nuevo pasado mexicano.