Anatomía de un burdel

La puerta del sótano era la entrada al prostíbulo en esta casa de La Villita. SAM VEGA | HOY

El 22 de noviembre de 2010 la Policía de Chicago desbarató una operación de tráfico sexual al oeste de Chicago, donde mujeres adultas y adolescentes eran ofrecidas como mercancías. Este es un vistazo a cómo un burdel surgió en La Villita.

CHICAGO, IL – Antes de que la Policía ocupara el sótano para arrear a la sala a tres mujeres que lloraban, antes de que el edificio fuera conocido como una “casa de mala fama” en Chicago, antes de que la casa se convirtiera en un lugar donde hombres con atuendo de obrero llegaran para satisfacer sus “fantasías VIP”, el sitio era simplemente una casa familiar.

Junto con su esposa María y Lucio, un familiar solterón, Braulio Hurtado compró la propiedad en el 3114 S. Millar en mayo de 1991. Es una casa pequeña de dos pisos asentada junto a un callejón y frente a un estacionamiento vacío.

Las estadísticas de criminalidad en la ciudad indican que, relativamente, hay pocos delitos en esa cuadra y que es una de las rondas más seguras en la ciudad. Myron Austin, oficial de CAPS, dijo que no recibió ninguna queja por prostitución por parte de los residentes.

Jessica Saldaña, quien vive en la cuadra con su esposo y dos pitbull, dijo que es una comunidad tranquila a pesar de que el salón de baile Los Globos está a sólo unos pasos.

“Es tranquilo”, dijo Saldaña.

Para cuando Rubicela Montero, entonces de 38 años, se mudó en febrero de 2010 a la propiedad de los Hurtado para rentar el sótano a cambio de $650 mensuales, ya era una experimentada proxeneta que había establecido varios prostíbulos en el barrio de La Villita.

Montero se mudaba dentro de la comunidad, dejó una propiedad luego de que el dueño vendió la casa y otra más luego de una disputa financiera con el propietario. Luego fue el edificio al fondo de La Villita, cerca de 31st St. y Springfield Ave., el cual abandonó luego de que un “vecino metiche” notara un movimiento inusual en la morada de Montero.

“Oiga, ¿cómo tienes de visitantes?”, le señaló el vecino. “Tienes muchos amigos”. Fue, digamos, amable, algo así como diplomático.

Montero vio la inquietud como una advertencia para buscar un nuevo sitio y terminó en la casa de los Hurtado.

“Quizá la dueña no hizo tantas preguntas”, especuló Paul Fuentes, abogado de Montero, cuando se le preguntó por qué eligió esa casa. (Fuentes no preguntó eso a su cliente).

Como parte de su profesión, Montero adoptó una identidad falsa –se hacía llamar “Sandra” – y comenzó a promover su negocio.

Astuta y habilidosa, Montero se anunció en Hoy, el diario en español del Chicago Tribune, y distribuyó tarjetas “VIP” con descuentos de $10 para masajes.

El vecino, a quien llamaremos Héctor, dijo que un día que asaba carne en el patio ella lo invitó para un masaje.

Héctor no aceptó, pero no sospechó que en la vivienda contigua hubiera prostitución.

Nada parecía inusual, dijo, sobre los hombres que aparecían ahí durante el día con atuendo de obrero y que se iban en 30 minutos o una hora.

“Llegaban bien, se veían bien, nunca se vio nada, que salieran tomando”, dijo Héctor. “Todo se veía bien”.

Los dueños tampoco sospechaban nada.

Pero un año después de que la policía desbaratara la red de tráfico sexual de Montero, Chicago demandó a los Hurtado por el prostíbulo.

Los abogados de la ciudad pidieron que la corte determinara que los Hurtado “permitieron actividad ilegal” en su propiedad, que su casa era una “alteración al orden público” y que eran culpables de varias violaciones al código de vivienda.

“No quiero ni acordarme de los problemas que nos dejó esa mujer”, comentó María Hurtado.

Roderick Drew, director de relaciones públicas del departamento legal de la alcaldía, dijo que ha habido un “progreso satisfactorio” por parte de los dueños en cuanto a las violaciones al código.

María argumento desconocimiento cuando se le preguntó cómo esto pudo ocurrir en su propiedad, explicando que los dueños no pueden saber todo sobre la conducta de sus inquilinos.

“Uno renta y no vuelve con ellos”, dijo Hurtado. “Sólo para poner (veneno) para las ratas”.

Rubicela Montero, la madrota (Illinois Department of Corrections)

La madrota de Mango St.

Rubicela Montero, morena, bajita y de pelo negro largo hasta los hombros, es el retrato de una típica mujer mexicana adulta.

“Se parecía a alguien que bien pudiera ser tu vecino”, dijo Lou Longhitano, el asistente del fiscal que aprobó los siete cargos criminales contra ella, incluido el de esclavitud sexual de una menor.

Además de su negocio ilegal, Montero vivía al margen de la sociedad. Indocumentada, Montero vivió en Mango St., donde dejó a otro arrendador con otra serie de problemas.

El dueño de la propiedad en su domicilio anterior, quien pidió no ser identificado por temor a represalias, dijo que la familia de Montero tenía a gente que “iba y venía” y que dormían en el garaje.

“Si alguien entraba o salía, no los vi”, explicó el propietario. “Ni yo ni mis padres vivíamos ahí. Es una propiedad para renta”.

Montero, sin embargo, tiene familia en este país. Un vecino recuerda que veía llegar a Montero al prostíbulo a bordo de una camioneta GMC verde manejada por Renato Venegas, su esposo (Venegas fue después acusado de acosar a una de las prostitutas).

Montero también tiene un hijo, Isair, quien jugaba un papel importante en el negocio familiar.

Montero escaló la jerarquía de la prostitución desde abajo: Empezó ofreciendo sexo al vender su cuerpo luego de responder a un anuncio en Hoy.

Haciendo masajes en un prostíbulo regenteado por un hombre a quien ella describió como “homosexual”, Montero cobraba entre $60 y $70 por cada cliente. Pero Montero se dio cuenta cuánto dinero hacía el lenón y decidió abrir su propio negocio de masajes”.

“Ella estaba a cargo”, dijo a la Policía una de las víctimas de Montero. “Ella es la dueña”.
Día a día, Montero se encargaba de la lavandería, compraba desinfectantes, lubricantes y condones, y mantenía productivas a sus chicas. (Ella fabricaba tapones caseros de algodón para que las chicas trabajaran mientras menstruaban).

No había lugar a dudas para lo que Montero esperaba de las chicas.

Un día, un cliente se puso violento y zarandeó a “Jessica”, a quien le exigió sexo sin protección.

Cuando regresó para una segunda visita, “Jessica” salió de la habitación y le dijo a “la señora” que no quería atender a ese cliente.

Dinero es dinero, le respondió Montero y envió de regreso a la chica a la habitación, según “Jessica” le dijo a la Policía.

Isair Venegas, hijo de la madrota (Chicago Police)

“Una descarada indiferencia por el bienestar de esta niña”

Los domingos en la mañana, cuando Rubicela Montero iba a la iglesia, dejaba a su Isair, su hijo adolescente, para que cuidara el prostíbulo.

Esbelto, bajito, moreno y bien peinado, Isair hizo amistad con una niña a quien llamaremos “Erika”, de 16 años, quien estudiaba en la academia comunitaria Roberto Clemente. Montero conoció a “Erika” a través de Isair y la inició en la prostitución.

Para Montero, “Erika” fue como caída del cielo. Montero tenía a varios clientes regulares que le pedían “muchachitas”, pero no podía cubrir la demanda.

Con “Erika”, sin embargo, Montero encontró a la niña cuya juventud ella podía explotar. Al ver la oportunidad, Montero mercadeaba a “Erika”, vía mensajes de texto, con sus clientes.
Impaciente por hacer dinero, Montero manejaba a la secundaria de la niña y luego la llevaba al prostíbulo, donde “Erika” incluso vestía su uniforme escolar.

Montero explicaría después que la jovencita se prostituía alegando que había estado “haciendo masajes” antes de trabajar en el prostíbulo de 31st St. y Millard Ave., un alegato que Lou Longhitano disputa.

Durante un interrogatorio con la Policía, a la madrota se le preguntó cómo conoció a “Erika”. Montero rompió en llanto inmediatamente.

Montero no quería que su hijo estuviera en problemas, algo que argumentó durante todo el proceso.

Paul Fuentes, su abogado, dijo que con el tiempo Montero se preocupó más por su hijo que por ella.

En noviembre, Montero se declaró culpable de tráfico sexual involuntario de un menor y fue sentenciada a ocho años en prisión, los cuales cumple en el Centro Correccional Lincoln, 170 millas al sur de Chicago.

Isair, quien fue acusado de organizar actos de prostitución, se declaró culpable de la ofensa y fue sentenciado a dos años de libertad condicional.

“Si no hubiera sido por su hijo, la víctima jamás hubiera conocido a la acusada”, señaló Longhitano.

Debido a que Isair es indocumentado, al igual que su madre, fue detenido por ICE. Los abogados involucrados en este caso no pudieron confirmar si fue deportado, pero Fuentes cree que así fue.

Esto está respaldado por un archivo de la corte enviado por su oficial de libertad condicional.

“Venegas debe mantenerse en contacto con su oficial (de libertad condicional)”, según los documentos públicos. “Pero no lo ha hecho desde el 6 de diciembre de 2011. La gente que vive en la dirección que proporcionó dijo que fue deportado a México”.

Renato Venegas, el padre, desapareció. Fuentes cree que regresó a México siguiendo los pasos de su hijo.

Dos años después del operativo en Millard Ave., lo que le llama la atención del caso a Longhitano es lo que define como “la descarada indiferencia de Montero por el bienestar de esta ‘Erika’”.

En 2010, Rubicela Montero estableció un burdel en esta casa de La Villita. SAM VEGA | HOY

Las otras víctimas

“María” pensó que Montero trabajaba en un hotel o una fábrica porque lavaba mucha ropa y toallas en Laundromat. Decidió entonces acercarse a ella para pedirle trabajo.

Madre de cuatro hijos, uno de ellos discapacitado, María acababa de perder su trabajo y necesitaba dinero desesperadamente. Montero ofreció a esta indocumentada $80 diarios a cambio de limpiar casas y dar masajes.

Cuando María llegó a trabajar, no había casas para limpiar.

La primera vez que un hombre le pidió tener sexo, María se rehusó y salió para hablar con Montero, quien ignoró la queja y le dijo que ya le había cobrado al hombre.

Montero la amenazó y le advirtió que si no volvía “la iba a deportar”.

Expertos en tráfico humano indican que es usual que la gente que es inducida al tráfico sexual lo haga a través de falsas pretensiones y se exploten sus puntos vulnerables.
Montero admitió a la Policía que dice “locuras” y que tiene mal humor.

“Tanto las víctimas adultas como las menores eran amenazadas”, dijo Longhitano. “Ella sabía donde vivían”.

Otra mujer que trabajaba en el prostíbulo, una mujer casada madre de dos a quien llamaremos “Jessica”, dijo que Montero la obligaba a hacer tríos.

Cuando “Jessica” se oponía a las exigencias de la madrota, Montero le recordaba que no sólo sabía dónde vivía, sino también a qué escuela iban sus hijos y sugería que ella “podría no amanecer”.

“Jessica” escuchó cuando Montero hablaba en un salón de belleza de golpear a una niña que renunció. También escuchó cuando Montero dijo que tenía a un amigo que podía colocar granadas en los autos y casas de las niñas.

Montero no amenazaba en vano.

María dejó el negocio luego de trabajar tres meses para irse a una fábrica de acero, pero tuvo que dejar su hogar luego de que Montero la siguiera llamando y azotara su puerta.

Montero intentó asustar a María al decirle que la iban a “encontrar muerta en un callejón” si no regresaba.

Desafortunadamente, María no se acomodó a trabajar en la fundidora –el calor extenuante le trajo problemas de salud.

Un día, María se acercó a Montero mientras caminaba a casa desde una tienda de abarrotes, y Montero luego la siguió a casa.

La madrota renovó el acoso hasta que María volvió al prostíbulo.

De vuelta en el tugurio, María soportó meses de abuso hasta que no pudo más.

María llamó al Departamento de Policía de Chicago y fue dirigida a la línea de ayuda del Centro Nacional de Recursos contra el Tráfico Humano.

Dejó un mensaje en el que explicó que había inmigrantes y niñas que eran traficadas en Chicago, y también ofreció información sobre el burdel.

Al llamar a la línea de ayuda, María se convirtió en una de las 471 víctimas que reportaron su propia explotación sexual en 2010, un número que crece cada año a medida que aumenta la concienciación sobre el tema.

“Lo común es recibir un tipo de un vecino, miembro de la comunidad o proveedor de servicios”, explicó Megan Fowler, directora de comunicaciones de Polaris Project, una organización sin fines de lucro dedicada a combatir el tráfico humano. “Pero hemos visto un importante aumento en el número de víctimas que llaman por su cuenta”.

María no escapó del burdel sino hasta que Franklin Paz Jr., oficial de la policía, ingresó a la casa de 31st St. y Millard Ave. y se hizo pasar por cliente.

Estaba investigando luego de un pitazo.

Luego de que Paz solicitara la compañía y arreglara un encuentro con una niña que pensó era particularmente joven, el oficial solicitó refuerzos y desbarataron el negocio.

En la estación de Policía, Montero seguía amenazando a las niñas y a gritos les dijo que no hablaran.

La oficina del Fiscal estatal no pudo decir mucho sobre el destino de las víctimas desde el operativo. A una de las mujeres se le ayudó a solicitar una Visa-T, la cual ofrece protección a las víctimas de tráfico humano.

Muchas prostitutas no pueden dejar esa vida con vida. Todas las mujeres en este caso lo hicieron, algo que el fiscal estatal destaca como positivo.

“El hecho de que todas estén vivas es un buen inicio”, dijo Longhitano. “Ellas enfrentaron un riesgo tremendo”.

Lynne Johnson, directora y consejera de política para la Alianza de Chicago Contra la Explotación Sexual, considera que en las grandes comunidades permiten de manera tácita que prospere el tráfico sexual al ignorar las señales que indican la presencia de un burdel. ROGER MORALES | HOY

Negocio discreto

“Es un negocio relativamente discreto”, explicó Longhitano cuando se le preguntó cómo un prostíbulo puede pasar desapercibido.

A pesar de que el vecino de al lado veía llegar a varios hombres, el prostíbulo de 31st St. y Millard Ave., en La Villita, no fue denunciado por vecinos o policías del área. Se necesitó de una víctima que buscó ayuda.

El abogado de Montero creció en Pilsen y dijo que sabe “exactamente por qué” un prostíbulo puede no ser detectado por mucho tiempo en un barrio latino.

“Para empezar, están en áreas muy transitadas”, dijo Fuentes. “La gente se muda por un tiempo y luego se van”.

Con los hispanos, que suelen tener “familias numerosas”, no es inusual ver a varios visitantes. Los vecinos quizá piensen que el vecino tiene muchos tíos.

Quizá si son indocumentados, no se quieren involucrar con las autoridades.

“A pesar de que son barrios pobres”, agregó Fuentes, “mucha gente de ahí tiene empleo. Muchos no están en casa durante el día, así que no se dan cuenta de lo que ocurre (en su propia comunidad)”.

Además, según Fuentes, hay mucha gente caminando en La Villita, especialmente sobre la calle 26. El ver a mucha gente que viene y va no necesariamente llama la atención.

Otros expertos creen que falta conciencia sobre el tráfico sexual en EEUU, de tal forma que muchos no saben qué deben buscar.

“La gente aún está aprendiendo sobre el tráfico humano”, dijo Shelby French, directora ejecutiva de la Organización Internacional para Adolescentes, “y de hecho (no) creen que puede ocurrir en su vecindario, en la casa de al lado”.

También, hay una amplia percepción de que la prostitución de cuestión de elección y que es “un crimen sin víctimas.”

Pero en entrevistas con expertos en agencias del orden y líderes de organizaciones sin fines de lucro, está claro que hay otros elementos que influyen cuando surgen los burdeles.

“En muchos de los problemas que enfrentan nuestras comunidades, la gente se hace de la vista gorda”, dijo French. “En ocasiones no están tan comprometidos con el vecindario como deberían”.

Eso es replicado por otros funcionarios y líderes.

“Las comunidades más grandes juegan un papel al alentar la explotación sexual”, dijo Lynne Johnson, directora y consejera de política para la Alianza de Chicago Contra la Explotación Sexual. “Creo que si sabemos que existen sitios como paradas de camiones, lugares para masajes, clubes nudistas o prostíbulos en casas, la comunidad en su conjunto nota los altos niveles de tráfico, principalmente de hombres, que entran y salen de los negocios. Al hacer caso omiso, de manera tácita permitimos que prospere el tráfico sexual”.

Traci Walker, sargento de la Policía de Chicago y con 15 años de experiencia, nos habló de casos de tráfico sexual en la ciudad.

Walker señaló que está entrenada para detectar la actividad criminal, mientras que los civiles no, pero dijo que la gente nota la actividad inusual en sus comunidades.

“Puede que no identifiquen el tráfico sexual, pero estoy segura que notan que algo ilegal se está llevando a cabo y, desafortunadamente en nuestras comunidades hoy en día, tienes (ciertos miembros) que pretenderá no ver ciertos crímenes y asuntos sobre la calidad de vida”.

Las razones para ello, dice Walker, son complejas y van desde la falta de conocimiento para reportar algo, hasta miedo a represalias.

“Desconocer cómo reportarlo, no identificarlo como una actividad ilegal, pretender no velo y no querer involucrarse”, sugirió Walker, “algunos (piensan) que ‘no me afecta. No me meto en lo que no me importa’”.

Recursos
LOCAL: Salvation Army STOP-IT iniciativa contra el tráfico humano, 877-606-3158, http://sa-stopit.org
NATIONAL: Nacional Human Trafficking Resource Center, 1-888-3737-888


El autor

Gregory Pratt es contribuidor Vívelohoy

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