Tatuajes que delatan a sospechosos de crímenes

Anthony García, su tatuaje alertó a las autoridades sobre un asesinato. EFE

Tenerlos y exhibirlos es una señal de orgullo y prueba de valor entre pandilleros. No obstante, los tatuajes pueden convertirse en sus enemigos silenciosos, en sus delatores, ya que pueden servir como punto de partida para que las autoridades inicien una investigación que los lleve, ultimadamente, al arresto de los sospechosos de un crimen.

“Este es un riesgo que todos los pandilleros saben, pero están depuestos a tomarlo para expresar su lealtad a un grupo, sus creencias y su orgullo a una acción que cometieron”, dijo Álex Sánchez, director ejecutivo de Homies Unidos, una organización que ayuda a la rehabilitación de pandilleros –entre otras cosas. “Pero ningún criminal piensa en que un tatuaje lo va a delatar con las autoridades, hasta que es demasiado tarde”.

Fueron tatuajes los que vincularon recientemente a un pandillero con el asesinato de un hombre, ocurrido frente a una licorería en Pico Rivera, y los que relacionaron a otro pandillero como supuesto participante en la brutal paliza de la que fue víctima un fanático de los Gigantes de San Francisco, el 31 de marzo.

En el primer caso, Anthony García, de la pandilla Rivera 13, utilizó su pecho como mural para tatuarse la escena del crimen en la que asesinó a John Juárez el 23 de enero del 2004. De acuerdo al Departamento del Sheriff del condado de Los Ángeles, las autoridades no tuvieron pistas sobre el caso hasta el 2008 cuando un agente que ojeaba un archivo de fotografías de criminales relacionó la foto de un tatuaje a un crimen similar que él había investigado años antes en Pico Rivera.

El tatuaje mostraba el negocio Ed’s Liquor Store y enfrente está dibujado un cacahuate en forma de hombre que ha sido tiroteado por un helicóptero. En la parte superior del tatuaje se leen las palabras Rivera Kills o “Rivera Mata”.

García, de 25 años, fue arrestado ese mismo año y fue declarado culpable el pasado abril de asesinato en primer grado de Juárez, de 23 años de edad. El 19 de mayo, García fue condenado pasar de 65 años a toda la vida en la cárcel.

Documentos presentados en la corte argumentaron que el helicóptero representa a García, cuyo apodo es “Chopper” y “cacahuate” es un término derogatorio para nombrar a un pandillero rival.

Otro caso

En el segundo caso, la adición de más tatuajes para ocultar uno viejo condujeron a las autoridades a dar con uno de los dos presuntos pandilleros que participaron en la agresión de la que fue blanco Brian Stow, el fanático de los Gigantes de San Francisco de 42 años de edad, la cual lo ha dejado con daños cerebrales y en estado de coma.

Giovanni Ramírez, de 31 años de edad, fue arrestado el 22 de mayo alrededor de las 7:10 de la mañana en un departamento del este de Hollywood.

La pista la captó un agente de libertad condicional que dijo que Ramírez había asistido a una reunión con él poco después del ataque. El agente se percató de que Ramírez se parecía a uno de los bocetos hechos públicos por el Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD). Y. al pedir una segunda cita con el sospechoso, el agente descubrió que Ramírez se había añadido varios tatuajes en su cuello.

Las autoridades comenzaron a sospechar que Ramírez estaba tratando de cubrir un tatuaje viejo, con el que testigos en el ataque lo habían descrito. Posteriormente, las autoridades lo arrestaron.

Soledad González, madre de Ramírez, dijo a KABC-Canal 7 que las autoridades habían arrestado al hombre equivocado y afirmó que su hijo era artista de tatuajes.

Aun con sus consecuencias, los tatuajes no van a dejar de ser populares por el sentido de afiliación y pertenecía que le otorgan a un pandillero sobre cierto grupo, de acuerdo con expertos.

“El sentimiento de poder, valentía y reconocimiento entre compañeros sobrepasa todo, pues para un pandillero una pandilla es su familia y por ella dan la vida”, indicó Sánchez.

Tal devoción por las pandillas fue demostrado en las estadísticas recientes sobre el crimen del LAPD el año pasado, las cuales mostraron 297 homicidios, la mitad de ellos vinculados al accionar pandilleril.

“Los más valientes se marcan la cara para representar a su ‘familia’ sin importarles que la sociedad los rechace, los enemigos lo identifiquen y la policía los acose”, agregó Sánchez. 

Actualmente, en la ciudad de Los Ángeles existen aproximadamente unas 450 pandillas y unos 45 mil pandilleros. Y aunque no es ilegal estar tatuado, los tatuajes  forman parte de ciertos criterios que las autoridades utilizan para  identificar a un criminal sea o no sea pandillero, indicó  Rigo Romero, portavoz del

LAPD.

“Hay varios factores que pueden incriminar a una persona, y aunque el  LAPD no se enfoca solamente en tatuajes, estos son parte de un criterio que tenemos que llenar, pues ya sea la falta de un diente, un apodo u otra característica única en el físico de un individuo, nos pueden llevar en conjunto a alguien que buscamos específicamente”,  explicó Romero.

 Borrar el pasado

 Muchos ex pandilleros que quieren reformar su vida se enteran de lo difícil que es ocultar su pasado cuando sus cuerpos lo traen plasmado en forma de tatuaje. 

 Se dan cuenta que les es difícil encontrar trabajo si muestran tatuajes relacionados a la vida en la cárcel, el sexo, la muerte y, en muchos casos, figuras religiosas que contradicen sus acciones violentas,  de acuerdo con Rosemarie Ashamalla, directora ejecutiva de Sunrise Outreach Center, que remueve tatuajes a ex pandilleros.  

Así como las autoridades usan los tatuajes como armas de identificación, para la sociedad estos dibujos corporales son señales de violencia y para los empleadores significan problemas dan mal aspecto, concordaron Sánchez y Ashamalla.

“Para un ex pandillero es difícil caminar por la calle sin pasar desapercibido. Mucha gente les teme, los rivales los retan y los negocios les cierran sus puertas porque no quieren problemas de violencia”, dijo Sánchez.

“Los ex pandilleros se dan cuenta de estos problemas y llegan a nuestras organizaciones deseosos de quitarse la tinta por la que alguna vez dieron su vida”, señaló Ashamalla.

Arturo Vásquez, un ex pandillero de la MS 13, explicó que sus tatuajes lo han condenado al rechazo de la sociedad y a una vida sin buena calidad.

“Mi primer tatuaje me lo hicieron los ‘homies’ en un tren cuando salí de Guatemala hacia Los Ángeles a los 11 años de edad. Me puse MS 13 en un pie. Porque yo me prometí que no iba a ser miembro de cualquier grupito sino de una pandilla que valiera la pena, que fuera temida y que sonara mucho”, dijo Vásquez, de 32 años de edad.  “No escogí ser pandillero, simplemente es un  lugar donde vives, en el que te vas involucrando y con lo que creces,  que muchas veces moldea quien eres y las decisiones que tomas”, agregó.

Con la mitad de su cuerpo tatuado, incluida la espalda, el pecho, las rodillas y los brazos, Vásquez reconoció que le ha sido difícil formar parte de la sociedad.

“Mientras deseaba conseguir un trabajo o un lugar donde vivir, la gente me rechazaba y me sigue rechazando aun cuando me borré los tatuajes en la cara”, afirmó  Vásquez. “Y es natural, la gente no confía en ti. He tenido problemas en rentar un hogar, conseguir empleo”.

Pero remover los tatuajes que una vez significaron mucho para Vásquez no ha sido fácil. Confesó que entre pandillas borrarse los tatuajes significa falta de respeto, lo que pone en peligro su vida ante sus ex compañeros.

“Yo mismo decidí de corazón tatuarme, pero ahora me doy cuenta que lo que hice de joven lo hice por gente que no conocía y por dar mi vida a una creencia que era falsa”, expresó.  “De la misma forma, ahora me quito estos tatuajes porque yo doy mi vida por gente que me quiere, por mis hijos. Di mis mejores años representando al barrio pero eso ya se acabó”. 

Después de pasar ocho años en la cárcel, y el nacimiento de su tercer hijo, Vásquez decidió hace dos años dejar de ver a sus compañeros y ya lleva siete años quintándose sus tatuajes.

“Los ‘homies’ no existen, uno mal interpreta esa palabra y el sentido de los tatuajes. De unas 100 personas que yo llamaba ‘homies’, sólo unos tres o cuatro fueron verdaderos amigos y esos pobres ya están muertos.

 Blanca Rodríguez, una ex pandillero de 19 años de edad, dijo que fue un error hacerse ocho tatuajes.

 “Caminas por la calle y la gente se te queda viendo raro y hasta llega el momento que me enojo y siento decirles que me tomen una foto para que me puedan mirar bien”, dijo. “Me miro al espejo y tengo una apariencia horrible, los pandilleros rivales me echan del  barrio y hasta mis ex compañeros me rechazan por haberme alejado de ellos”, subrayó.

“Antes,  la pandilla era mi familia yo estaba en la ‘hood’ (el barrio), pero ahora me doy cuenta que estoy sola y no tengo que representar a nadie más que a mí misma”.

 La ayuda

Homies Unidos tiene un programa que educa a los ex pandilleros sobre las consecuencias y riesgos de estar tatuado y eventualmente los refiere a Sunrise Outreach Center, para que les remuevan los tatuajes.  Sunrise, ubicado en el 2105 de Beverly Boulevard, en Los Ángeles, atiende entre 350 a 400 clientes al mes y cobra una cuota mínima para darle mantenimiento a la máquina valorada en 700,000 dólares.

 

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El autor

Selene Rivera es contribuidor Vívelohoy

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  • Bien escrito!