Washington, 16 mar (EFE).- La movilización nacional que atraerá a Washington a unas cien mil personas este domingo refleja el hartazgo de la comunidad inmigrante con promesas incumplidas y la inacción del Congreso para poner en marcha una reforma migratoria integral.
Pese a la buena del presidente Barack Obama y los líderes del Congreso a favor de una reforma, hay un hecho irrefutable: el plan reformista no se ha movido un ápice en la Cámara de Representantes y en el Senado apenas se elabora un borrador.
Hoy mismo, grupos evangélicos hispanos presentaron la campaña nacional "Esperanza por América", arguyendo que es hora de que el Congreso escuche "el clamor del pueblo".
"Rechazamos la noción de que los conservadores no apoyan la reforma migratoria... el propósito de Esperanza por América es que el Congreso escuche que más del 60 por ciento de los estadounidenses apoya la reforma", explicó en rueda de prensa el reverendo Luis Cortés, presidente del grupo Esperanza que reúne a más de 12.000 congregaciones y comunidades de base.
Cortés estuvo acompañado por el senador demócrata Bob Menéndez, el legislador republicano Mario Díaz Balart, y otros líderes evangélicos y conservadores. Más allá de frases bonitas, los grupos pro-reforma de todos los sectores de la sociedad civil exigen resultados este mismo año.
A juzgar por la acritud del debate sobre la reforma de salud -otra de las promesas de Obama en 2008-, el bipartidismo es sólo una quimera y ambas iniciativas afrontan una lucha cuesta arriba.
Obama ha pedido "valentía" al Congreso para que apruebe la reforma de salud, pero la comunidad inmigrante se la pide a él en el tema de la reforma migratoria. El domingo pasado, el senador republicano Lindsey Graham aconsejó a Obama que deje los discursos y se ponga manos a la obra.
"Presidente Obama, lidere...elabore un paquete para una reforma migratoria integral. Preséntelo al Senado y a la Cámara de Representantes y vea cuántos partidarios demócratas y republicanos puede conseguir", aconsejó Graham en un programa de la cadena ABC.
Graham y el senador demócrata Charles Schumer se reunieron con Obama la semana pasada para analizar cómo avanzar en la reforma, pese a que ningún otro republicano ha salido a apoyarla.
Según Graham, el proyecto en ciernes en el Senado incluiría medidas para la seguridad fronteriza, el establecimiento de una tarjeta de Seguro Social biométrica, un programa de trabajadores huéspedes y un plan de legalización.
Obama quiere ayudar a resolver las trabas actuales en el diálogo migratorio, pero no ha fijado plazos y los grupos pro-reforma le piden que invierta más capital político. De cara a los comicios de noviembre, el panorama es sombrío: hay pugnas, por ejemplo, entre el empresariado, que apoya un programa de trabajadores huéspedes, y la federación sindical AFL-CIO, que se opone a éste.
Al igual que con la fallida reforma de 2007, la mayoría de los republicanos se muestra inapetente para semejante aventura. Los republicanos, y algunos demócratas en distritos conservadores, afrontan presiones de grupos que, opuestos a una "amnistía", sostienen que en EEUU debe prevalecer "una sola bandera y un solo idioma".
Sus quejas son las de siempre: los indocumentados son una amenaza para la soberanía nacional, son una carga pública y "roban" empleos a ciudadanos y a residentes legales y eso, cuando hay 15 millones de desempleados, les resulta intolerable.
No debe extrañar entonces la renuencia de Graham, que representa a un distrito conservador en Carolina de Sur. Si los negros pagaron con sangre por sus derechos civiles en la década de 1960, ahora la comunidad inmigrante paga por un maltrecho sistema migratorio con redadas, deportaciones y la fragmentación de sus familias.
Se calcula que más de 5.600 inmigrantes han muerto en la frontera sur en los últimos 15 años, en su intento por alcanzar el "Sueño Americano" en tierras lejanas. La marcha será otro recordatorio a la clase política de que los inmigrantes, con un creciente peso político, buscarán congruencia entre su retórica y los hechos: si otra vez fracasa la reforma, depositarán su descontento en las urnas.
En ese caso, los republicanos tendrían cada vez menos apoyo entre los hispanos y el escaño de Massachusetts no sería la única pérdida de los demócratas este año. Quedan advertidos.
Pese a la buena del presidente Barack Obama y los líderes del Congreso a favor de una reforma, hay un hecho irrefutable: el plan reformista no se ha movido un ápice en la Cámara de Representantes y en el Senado apenas se elabora un borrador.
Hoy mismo, grupos evangélicos hispanos presentaron la campaña nacional "Esperanza por América", arguyendo que es hora de que el Congreso escuche "el clamor del pueblo".
"Rechazamos la noción de que los conservadores no apoyan la reforma migratoria... el propósito de Esperanza por América es que el Congreso escuche que más del 60 por ciento de los estadounidenses apoya la reforma", explicó en rueda de prensa el reverendo Luis Cortés, presidente del grupo Esperanza que reúne a más de 12.000 congregaciones y comunidades de base.
Cortés estuvo acompañado por el senador demócrata Bob Menéndez, el legislador republicano Mario Díaz Balart, y otros líderes evangélicos y conservadores. Más allá de frases bonitas, los grupos pro-reforma de todos los sectores de la sociedad civil exigen resultados este mismo año.
A juzgar por la acritud del debate sobre la reforma de salud -otra de las promesas de Obama en 2008-, el bipartidismo es sólo una quimera y ambas iniciativas afrontan una lucha cuesta arriba.
Obama ha pedido "valentía" al Congreso para que apruebe la reforma de salud, pero la comunidad inmigrante se la pide a él en el tema de la reforma migratoria. El domingo pasado, el senador republicano Lindsey Graham aconsejó a Obama que deje los discursos y se ponga manos a la obra.
"Presidente Obama, lidere...elabore un paquete para una reforma migratoria integral. Preséntelo al Senado y a la Cámara de Representantes y vea cuántos partidarios demócratas y republicanos puede conseguir", aconsejó Graham en un programa de la cadena ABC.
Graham y el senador demócrata Charles Schumer se reunieron con Obama la semana pasada para analizar cómo avanzar en la reforma, pese a que ningún otro republicano ha salido a apoyarla.
Según Graham, el proyecto en ciernes en el Senado incluiría medidas para la seguridad fronteriza, el establecimiento de una tarjeta de Seguro Social biométrica, un programa de trabajadores huéspedes y un plan de legalización.
Obama quiere ayudar a resolver las trabas actuales en el diálogo migratorio, pero no ha fijado plazos y los grupos pro-reforma le piden que invierta más capital político. De cara a los comicios de noviembre, el panorama es sombrío: hay pugnas, por ejemplo, entre el empresariado, que apoya un programa de trabajadores huéspedes, y la federación sindical AFL-CIO, que se opone a éste.
Al igual que con la fallida reforma de 2007, la mayoría de los republicanos se muestra inapetente para semejante aventura. Los republicanos, y algunos demócratas en distritos conservadores, afrontan presiones de grupos que, opuestos a una "amnistía", sostienen que en EEUU debe prevalecer "una sola bandera y un solo idioma".
Sus quejas son las de siempre: los indocumentados son una amenaza para la soberanía nacional, son una carga pública y "roban" empleos a ciudadanos y a residentes legales y eso, cuando hay 15 millones de desempleados, les resulta intolerable.
No debe extrañar entonces la renuencia de Graham, que representa a un distrito conservador en Carolina de Sur. Si los negros pagaron con sangre por sus derechos civiles en la década de 1960, ahora la comunidad inmigrante paga por un maltrecho sistema migratorio con redadas, deportaciones y la fragmentación de sus familias.
Se calcula que más de 5.600 inmigrantes han muerto en la frontera sur en los últimos 15 años, en su intento por alcanzar el "Sueño Americano" en tierras lejanas. La marcha será otro recordatorio a la clase política de que los inmigrantes, con un creciente peso político, buscarán congruencia entre su retórica y los hechos: si otra vez fracasa la reforma, depositarán su descontento en las urnas.
En ese caso, los republicanos tendrían cada vez menos apoyo entre los hispanos y el escaño de Massachusetts no sería la única pérdida de los demócratas este año. Quedan advertidos.
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